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  • Claudia Padrón Cueto

Parto respetado en Cuba: un derecho que se quedó en palabras




La violencia obstétrica que sufren las mujeres cubanas tuvo durante un breve periodo la atención de las autoridades. En 2022, el problema se reconoció en la prensa estatal; se presentó una guía para mejorar la atención de los partos; se anunciaron planes de acción. Hasta el momento, sin embargo, no hay evidencias de que un proceso de reforma esté en marcha, ni siquiera en los escasos hospitales donde se anunció que ocurrirían los primeros cambios.


Por: Claudia Padrón Cueto y el equipo de Partos Rotos.


Lídice Crespo, una mujer de 32 años, llegó al Hospital Ramón González Coro, ubicado en La Habana, el 20 de septiembre de 2022. Estaba en la semana 38 de su embarazo, a punto de dar a luz a su primer hijo y con la cabeza llena de inseguridades y preguntas.


¿Cómo pujar? ¿Cómo serían los protocolos del hospital? ¿Alguien le iba a explicar cómo amamantar al bebé?


Las respuestas a estas preguntas tendría que haberlas recibido durante las seis sesiones psicoprofilaxis que, en teoría, tienen que recibir las embarazadas a partir de la semana 34.

Sin embargo, Lídice, como tantas otras mujeres, no recibió ninguna sesión de preparación al parto.


Llena de miedos, pero con la ilusión de conocer a su hijo, entró en el salón de preparto sobre las 10 de la mañana. Allí, en un cuarto que compartía con otras embarazadas, le dieron una bata y le hicieron algunas preguntas de rutina como su tipo de sangre.


Aunque aún no había roto fuente o comenzado a expulsar el tapón mucoso que protege el útero durante la gestación, dos signos de que el nacimiento es inminente, le engancharon una bolsa de oxitocina, la hormona que acelera el parto. Fue la primera de un total de cinco bolsas que le administraron en las siguientes 24 horas.


Mientras esperaba en el salón, no le permitieron comer. “Aquel día no ingerí nada de alimento, solo una galleta. Incluso les pedí que me alcanzaran la comida que me llevó mi familia y no lo hicieron”, dice Lídice. Solo podía beber.


Tampoco le permitieron estar acompañada. A ella le hubiese gustado estar con su esposo. “Estaba solita allí. Dependía de lo que ellos quisieran hacerme”, recuerda.


Al llegar la madrugada, se encontraba agotada y adolorida producto de las contracciones y los múltiples tactos que le realizaron estudiantes de medicina.


Entonces comenzó a desesperarse. “Al no poder más y ver que mi bebé no salía comencé a pedir cesárea. En ese momento pasó un médico y me habló fuertemente; y sin ningún tipo de sensibilidad me dijo que la que había decidido parir era yo, que tenía que aguantar y tomar aire”, dice.


Lídice se orinó y defecó encima, suplicó una bata nueva y se la negaron. Gracias a una estudiante que intercedió le ofrecieron finalmente ropa limpia.


Ya en la mañana, la llevaron al salón de partos en silla de ruedas. Nadie le dijo que podía elegir la postura para pujar, que podía hacerlo de pie si le resultaba más fácil. Solo le ordenaron que se acostara y pujara.


“En el salón me realizaron la maniobra de Kristeller (presionar el abdomen para empujar el feto). Tras cada maniobra sufrí inmediatamente. Fue un infierno. Hasta que a las 9:28 am del día 21 nació el amor de mi vida. No me dejaron tocarlo, ni verlo. Al niño se lo llevaron de inmediato”, recuerda Lídice.


Después, mientras pujaba para expulsar la placenta sintió un dolor muy intenso en los ovarios y comenzó a sangrar. La joven madre sufrió una grave hemorragia que requirió que la operaran de urgencia para extirpar el útero. Sin embargo, nadie le explicó qué le estaba sucediendo o por qué.


En teoría, nada de esto debió suceder así.


Casi dos meses antes del parto de Lídice, las autoridades del Ministerio de Salud Pública (Minsap) publicaron una guía que establece qué prácticas son recomendables en los partos y cuáles constituyen formas de lo que se denomina violencia obstétrica.


Además, en las mismas fechas, a comienzos de agosto de 2022, el Minsap informó que las nuevas recomendaciones sobre parto respetado se comenzarían a aplicar en un proyecto piloto que se desarrollaría precisamente en el hospital González Coro, dónde Lídice dio a luz, y en otros hospitales.


Sin embargo, prácticamente ninguna de las recomendaciones establecidas en la guía se cumplió en su parto.


Lídice tendría que haber recibido seis sesiones de preparación al parto para entender todo lo que le iba suceder. Le tendrían que haber permitido estar acompañada y comer algo ligero, si quería. Le tendrían que haber incentivado a parir en posición vertical o al menos informarle que existía esa posibilidad.


No le tendrían que haber comenzado a inducir el parto con oxitocina desde una fase tan temprana y tendrían que haberle permitido tomarse el tiempo necesario para dilatar. Nunca debieron practicarle la maniobra de Kristeller o separarla inmediatamente de su bebé. En todo momento, debió ser informada de lo que le estaba sucediendo.


Todas estas recomendaciones forman parte de la guía que publicaron las autoridades y que, en teoría, tenían que conocer y aplicar los profesionales sanitarios del hospital González Coro, uno de los que gozan de mejor reputación en La Habana.


Sin embargo, nada de eso sucedió y el caso de Lídice no es aislado.


La visibilización de la violencia obstétrica en Cuba por parte de periodistas independientes, activistas y académicas contribuyó a que el Estado, el año pasado, anunciara que estaba intentando cambiar este fenómeno.


Según dijeron, Cuba comenzaría a aplicar los estándares de parto respetado que ya son comunes en otros países y que promueve la Organización Mundial de la Salud.


Sin embargo, tras entrevistar a seis madres que dieron a luz recientemente en el González Coro y a personal sanitario que trabaja en este y en otros hospitales, se constató que las promesas oficiales están lejos de cumplirse.


Según explicaron las fuentes consultadas, la guía que pretendía reformar la atención al parto, en realidad, no es de cumplimiento obligatorio. Es un documento de consulta con recomendaciones que los profesionales pueden ignorar.


El plan piloto para aplicar la guía, en realidad, consistió en una serie de charlas en las que los profesionales del sector fueron informados de su existencia.


Mujeres que, como Lídice, dieron a luz en hospitales en los que se aplicó el plan piloto, contaron experiencias de parto traumáticas, muy similares a las que cientos de madres de todo el país relataron antes en el proyecto Partos Rotos. Ninguna de las prácticas principales del parto respetado se aplicó cuando dieron a luz.


Estos hallazgos ponen de relieve la debilidad de la estrategia cubana para enfrentar la violencia obstétrica; un fenómeno global que muchos países están tratando de combatir.


Expertas de España, Bolivia y Argentina consultadas para este reportaje señalaron que para tener éxito es necesario aplicar múltiples medidas al mismo tiempo. Por ejemplo: promover leyes que contemplen el derecho al parto respetado, crear observatorios sobre violencia obstétrica o difundir estadísticas que visibilicen el problema y que permitan dar seguimiento a su evolución.


Las expertas también coincidieron en la necesidad de que los Estados impliquen a la sociedad civil: especialmente a movimientos de mujeres, colegios profesionales, sociedades científicas o asociaciones de pacientes.


Cuba, un país autoritario en el que se ignora o persigue a la sociedad civil y las únicas estadísticas sanitarias que se difunden suelen ser las que constatan el éxito de su sistema de salud, no está haciendo nada de esto.


Mientras, unas 270 gestantes siguen dando a luz todos los días en un sistema que, como las propias autoridades ahora reconocen en la nueva guía, violenta y perjudica a mujeres y bebés.


La guía y el piloto


En los últimos años, la violencia obstétrica ha adquirido visibilidad en Cuba.

Académicas han enfocado su investigación en este problema. En redes sociales, se han multiplicado los testimonios de embarazadas que denunciaron maltrato, malas prácticas médicas o falta de empatía durante sus partos, lo que les causó daños físicos o psicológicos.

El tema también ha sido el foco de atención de proyectos de periodismo independiente como este.


Hace un año, publicamos una investigación que muestra cómo la violencia obstétrica en Cuba es sistémica. A través de una encuesta, recopilamos información sobre 514 partos. Las mujeres nos contaron cómo se sintieron y qué tipo de prácticas médicas se realizaron cuando dieron a luz.


El panorama que ofrecieron fue el de un sistema médico en el que la mujer embarazada es considerada como un sujeto pasivo que solo debe obedecer órdenes y cuyo bienestar raramente se tiene en cuenta.


También relataron cómo en Cuba sigue siendo norma prácticas que en otros países están en desuso: se prohíbe a las mujeres estar acompañadas, comer o a penas moverse; se abusa de la episiotomía, (un corte en el perineo para facilitar el parto) sin siquiera informar a las embarazadas de que se practicará; la dilatación manual del cuello de útero y la maniobra de Kristeller se utilizan también para acelerar los tiempos del parto natural.


Tras la publicación de la investigación, el Estado pareció reaccionar. En la prensa oficial, sobre todo en medios provinciales, comenzaron a aparecer artículos abordando el tema. Saliéndose de la línea oficial de propaganda, que suele retratar a Cuba como una potencia médica y a los profesionales del sistema de salud del sistema como héroes, periódicos como el 26 de Las Tunas, publicaron artículos en los que se reconocía que el parto podía ser origen de violencia y trauma.


En estas publicaciones se soslayaba algo esencial: que muchas de las prácticas consideradas violencia obstétrica no ocurren por la iniciativa de los médicos o por su falta de empatía o conocimientos. No son un incumplimiento de las normas, sino precisamente el cumplimiento de los estrictos protocolos de atención al parto que existen en los hospitales del país.


Pero, aún así, se reconocía la existencia de la violencia obstétrica y se utilizaba abiertamente este término, algo de por sí novedoso en el discurso oficial (EcuRed, la wikipedia cubana, incorporó el concepto en 2021).


En algunos casos, también se anunció que el sistema de salud ya estaba trabajando en el problema y que se trataba de un asunto prioritario. El periódico Escambray, de Sancti Spíritus, incluso llegó a publicar que el país ya estaba en la vanguardia mundial en lucha a favor del parto respetado.


En paralelo a estas publicaciones, el 4 de agosto de 2022, las autoridades presentaron la llamada “Guía de Actuación para la Atención al Parto Respetuoso”.


En este documento oficial, por primera vez, se admitía que en el país impera un enfoque sobre los partos excesivamente medicalizado. Y que este prioriza las necesidades de los médicos por encima del bienestar de las embarazadas y sus bebés.


La guía es resultado de la colaboración de especialistas nacionales y la sede en Cuba del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés). Esta organización de las Naciones Unidas ha sido pionera en introducir el problema de la violencia obstétrica en el país. Ya en 2018, organizaron el primer taller sobre parto respetuoso que recibieron funcionarios del Minsap y personal sanitario.


En el documento se reconoce la magnitud del problema y también se establece una serie de recomendaciones. Su objetivo es que las gestantes sean las verdaderas protagonistas de sus partos, que se les respete y escuche.


La guía también desaconseja o pide que se minimicen prácticas que son comunes en los hospitales y que considera manifestaciones de violencia obstétrica.


Básicamente, el documento propone un parto opuesto al existente.


Insiste en la necesidad de que se cumplan las sesiones de psicoprofilaxis. Introduce la idea de que las mujeres hagan un plan de parto en el que expongan cómo desean que sea su momento de dar a luz, lo que desean que suceda y lo que no, algo que ya es común en algunos países.


El documento también pide que se permita a las mujeres estar acompañadas, comer, moverse, pujar en la posición que deseen, estar en contacto con sus bebés después de nacer. Además, aconseja limitar al máximo prácticas que ahora se aplican casi de manera universal como la episiotomía o la maniobra de Kristeller.


La guía está dirigida a los profesionales que forman parte de la atención al parto en todo el país e insiste en que sus recomendaciones se tomen en cuenta. Al mismo tiempo, el documento es cuidadoso de no presentarse como de cumplimiento obligatorio.


Sin embargo, desde que fue anunciada su existencia, las autoridades parecieron mostrar voluntad de que la guía sí se aplicase en el mundo real. De hecho, como parte del mismo proyecto desarrollado con UNFPA, el Minsap lanzó un proyecto piloto a comienzos de agosto de 2022. Este consistiría en comenzar a aplicar las recomendaciones de la guía en una serie de hospitales.


Primero, según se anunció, el piloto se ejecutaría en el González Coro de La Habana y en el Camilo Cienfuegos de la capital provincial de Sancti Spíritus, entre agosto y noviembre de 2022. Después, ya en 2023, el plan se extendería a otros seis centros, aunque nunca se precisó en cuáles.


Además de los hospitales, el piloto también preveía incluir a los policlínicos que dependen de ellos. Según se explicó, su participación sería clave para llevar a cabo las sesiones de sesión al parto y comenzar a incentivar a que las embarazadas hicieran planes de parto.


La poca información oficial disponible sobre este plan describe el piloto como un programa para capacitar al personal sobre cómo aplicar las nuevas prácticas de atención al parto. Aunque también se explicó que se seguiría la metodología "investigación acción". Esta es una forma de investigación, común en la ciencia médica cubana, que implica trabajar sobre un problema allá donde ocurre. El objetivo es conocer la realidad, al mismo tiempo que se transforma.


La prensa provincial de Sancti Spíritus, incluso, aseguró en una nota publicada en diciembre de 2022, que el piloto se había aplicado en partos reales. Hasta detallaron que, por primera vez, se permitió a embarazadas dar a luz acompañadas.


A esta idea de que la guía sería efectivamente aplicada, también contribuyó el hecho de que se anunció que el piloto tendría una serie indicadores a los que se les daría seguimiento y que una vez concluido en los primeros hospitales se presentaría un informe para evaluar la experiencia.


La realidad


Sin embargo, desde que hace un año se hicieran estos anuncios con bombo y platillo, ni la prensa oficial ni las instituciones del Estado han vuelto a referirse a la guía, el plan piloto, ni el parto respetado.


Para este reportaje, tratamos de contar con el punto de vista de UNFPA sobre cómo está resultando la experiencia de comenzar a cambiar prácticas médicas tan arraigadas. En un correo electrónico, esta institución de Naciones Unidas dijo que no podían ofrecer declaraciones sin autorización del Minsap. Cuando solicitamos el permiso al Minsap, nunca recibimos respuesta.


También tratamos de contactar por correo y redes a los y las profesionales de Cuba que hicieron la guía, pero nadie respondió.


Sin embargo, en entrevistas realizadas con profesionales del González Coro, sí describieron cómo fue realmente el plan piloto y el escaso alcance que tuvo.


Una ginecobstetra con más de diez años de experiencia atendiendo partos en el hospital confirmó que en la actualidad no hay rastro de plan piloto o el uso de la nueva guía.

Según esta profesional, que como todas las consultadas pidió no ser identificada por temor a represalias, los esfuerzos por reducir la violencia obstétrica se redujeron a una serie de reuniones. No hubo ni puesta en práctica de los nuevos protocolos, ni indicadores, ni evaluación.


“Se reunieron con los médicos, dieron (la guía) a conocer y acabó todo. En este hospital (González Coro) no se está implementando ningún plan piloto en la práctica, ni se implementó”, dijo la doctora.


Otras dos enfermeras vinculadas a la obstetricia en el mismo centro confirmaron que nunca observaron un cambio en los protocolos de atención al parto.


Incluso una de ellas, a pesar de que trabaja en los salones de puerperio, aseguró que no entendía el concepto de parto respetado o humanizado, ni tenía conocimiento de la existencia de una nueva guía para tratar a las embarazadas.


Tratamos de entrevistar a profesionales que trabajan en el otro hospital en el que, según la información publicada, se implementó el plan piloto; el Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, pero no fue posible localizar a ninguna persona dispuesta a hablar.


En otros hospitales del país, que podrían encontrarse entre los seis adicionales en los que se ha implementado el piloto, se obtuvo una versión similar de lo ocurrido en el González Coro: una reunión para informar sobre la guía y ningún cambio concreto en la atención del parto.


Una ginecobstetra del hospital Abel Santamaría de la capital provincial de Pinar del Río explicó que, a inicios de mayo de 2023, la dirección del hospital reunió a los y las especialistas del ala materno infantil del hospital y les explicaron las novedades que introducía la guía.


“Ahí solo resumieron el documento y lo socializaron para que lo conociéramos. Nadie emitió criterio. Todos sabíamos que no se iba a implementar y que había que cumplir con conocer el texto”, dijo esta doctora.


Según explicó, en dicha sesión ni siquiera se invitó al personal de enfermería, que es clave en la atención a las embarazadas, por lo que ella dedujo que la intención de la dirección del hospital nunca fue aplicar realmente el nuevo modelo.


“La guía de parto humanizado existe, se conoce y no se va a implementar”, sentenció esta profesional.




La experiencia de las madres


Esta versión ofrecida por el personal sanitario es coherente con lo que nos contaron mujeres que dieron a luz en el González Coro en los últimos meses de 2022 o los primeros meses de 2023.


Partos Rotos diseñó una breve encuesta con quince preguntas sobre los cambios clave recomendados por la guía.


Algunas preguntas se refieren a cuestiones básicas de bienestar. Por ejemplo, indagamos si las madres pudieron elegir la postura para dar a luz, si les permitieron caminar libremente o estar acompañadas durante el parto o cargar a su bebé al nacer.


También preguntamos sobre otras recomendaciones relacionadas con la medicalización excesiva del parto, como el uso de la oxitocina en el momento adecuado o la episiotomía.


Seis mujeres respondieron al cuestionario. Aunque todas las preguntas podían responderse como sí o no, también entrevistamos en más profundidad a las mujeres encuestadas.


Todas ofrecieron una experiencia de parto muy similar, en la que no se cumplieron los estándares básicos de parto respetado.


Solo en la pregunta sobre si les permitió caminar durante la dilatación, todas respondieron que sí. Aunque, también todas dijeron que no se les estimuló a hacerlo, a diferencia de lo que la guía recomienda hacer.


Todas sufrieron o dilatación manual –el llamado torniquete– o la maniobra de Kristeller o episiotomías. Y algunas padecieron todas estas prácticas, lo que contribuyó a que tuvieran partos innecesariamente dolorosos.


Las mujeres relataron que incluso las recomendaciones más sencillas de aplicar se ignoraron en sus partos.


Por ejemplo, la nueva guía limita el número de tactos vaginales que se les deben realizar a las embarazadas a uno cada cuatro horas (más que eso se considera innecesario en la mayoría de casos) y recomienda que sean realizados siempre por la misma persona.


Los tactos pueden ser dolorosos y la mayoría de mujeres los consideran incómodos o molestos. Además, en partos largos especialmente, pueden aumentar el riesgo de infección. En Cuba, las infecciones durante el puerperio son una de las principales causas de mortalidad materna.


A pesar de ello, es común que los profesionales cubanos hagan tactos de manera rutinaria cada dos horas o menos, aunque el parto no haya evolucionado. O que pidan a varios estudiantes de medicina que los hagan para aprender.


Es solo el cambio de un hábito profesional, pero con sus respuestas, las madres pusieron en evidencia que aún este tipo de mejoras están lejos de aplicarse.


La mitad de las encuestadas dijo que les hicieron al menos un tacto cada hora y todas coincidieron en que se los practicó más de una persona diferente.


Todas las preguntas que hacen referencia a la disponibilidad de algún recurso nuevo recomendado por la guía como batas que permiten amamantar sin tener que desnudarse, pelotas para aliviar el dolor o algún tipo de instalación que permita el parir en vertical, fueron respondidas negativamente por todas las encuestadas.


“Nada de eso vi allí” o “eso aquí no existe”, dijeron las madres.


Lo mismo sucedió con la pregunta sobre el acompañamiento. Todas dijeron que no se les permitió tener cerca a su pareja o algún familiar. Esto, según explicó personal del González Coro, es un privilegio que solo se otorga a veces.


“Desde el 2017 o 2018 nos habían hablado de que los padres podían estar al momento del parto, pero esto nunca fue puesto en marcha de manera general. Solo en casos contados y siendo amistades. Hoy las gestantes siguen estando solas”, confesó una obstetra de este centro.


La experiencia internacional


Lo limitado del enfoque cubano contra la violencia obstétrica: crear un guía y difundirla entre algunos profesionales, contrasta con el adoptado en otros países.


España, por ejemplo, ha emprendido una estrategía con múltiples medidas, según explicó Rosario Quintana, una ginecóloga experta en parto respetado, que dirigió los servicios de salud públicos de la región de Cantabria, en el norte del país.


Quintana expuso que lo primero fue tratar de crear un nuevo consenso en el sistema médico sobre la necesidad de que todas las prácticas que se realicen en los partos se basen “en la mejor evidencia científica disponible” y que pongan en el centro a la usuaria.


Es decir, en España no se creó un documento específico para definir cómo debe ser un parto respetado y que las personas interesadas puedan utilizarlo, como ha hecho Cuba. Directamente se trabajó en actualizar cómo se atienden todos los partos. La intención era eliminar toda práctica cuyos beneficios no están probados científicamente —por ejemplo, hacer continuos tactos vaginales o la episiotomía indiscriminada— o que la evidencia muestra que es beneficioso que se eviten —como separar los bebés de las madres al nacer.


En este trabajo, según explicó la experta, participaron los diferentes actores del sistema de salud, así como movimientos de mujeres como El Parto es Nuestro, investigadores y asociaciones de pacientes.


El resultado fue un documento llamado Estrategia del Parto Normal que a continuación comenzó a ser difundido, entre otros, por un Observatorio de la Salud de las Mujeres, creado unos años antes.


Esto, expuso Quintana, desencadenó un gran interés por el tema. Se organizaron talleres, conferencias y las autoridades presentaron más documentos para guiar a los profesionales del sistema de salud.


Más recientemente se aprobó una ley que contempla el parto respetado como un derecho.

Quintana resaltó que, dado que la violencia obstétrica es en parte un problema cultural que implica a toda la sociedad, es fundamental hacer partícipes a todos los sectores de la solución al problema.


“Creo que es muy importante contar con un movimiento de mujeres organizado en torno al parto y nacimiento respetado y con buena formación en medicina basada en la evidencia. También es importante que las autoridades sanitarias se vean obligadas a iniciar estos cambios”, dijo Quintana.


En otros países de América Latina también se ha adoptado un enfoque similar con la aprobación de leyes sobre parto respetado, la publicación de estadísticas que permiten observar la evolución de ciertos indicadores, como el porcentaje de cesáreas o la creación de observatorios sobre violencia obstétrica.


Ana Lía Bertoldi, una doula (especialista en acompañar partos) argentina que forma parte del Observatorio de Violencia Obstétrica de Bolivia, opinó que son tres los requisitos necesarios para combatir este problema. En primer lugar, la estadística: recopilar y publicar datos que muestren el problema y lo hagan visible. En segundo, la aprobación de una ley de parto respetado que tenga en cuenta las necesidades de todas las mujeres, ya sean racializadas o no, urbanas o rurales. Y por último, propiciar un cambio cultural capacitando a las personal de salud y preparando a las madres.


Sobre este aspecto, Bertoldi compartió un caso de éxito, en Argentina: el de la Maternidad Estela de Carlotto, un hospital público de Buenos Aires, que ha avanzado en el parto respetado.


“Los médicos/as de allí cuentan que el avance no ha sido ni por sanciones, ni por grandes infraestructuras ni grandes inversiones, sino por un cambio cultural. No se trata de hacer unos talleres y ya. Se trata de que haya un equipo decidido a hacer ese cambio y lo hagan desde dentro. Es importante una decisión en la directiva, y luego mucho trabajo horizontal en el equipo, y mucho trabajo también con las madres, que a veces no están preparadas”, comentó Bertoldi.




La resistencia


Este cambio cultural y el rechazo que puede suscitar entre los profesionales sanitarios es uno de los problemas principales que enfrentan los sistemas de salud para cambiar la atención al parto, explicó la experta española Quintana.


“(Los médicos) han sido formados en un modelo patologizante. Creen en la superioridad del parto tecnológico. Y, desde luego, se sienten totalmente legitimados a actuar en aras a la protección del feto pasando por encima de los deseos de las mujeres”, explicó Quintana.


Los y las profesionales de Cuba entrevistadas para este reportaje mostraron rechazo a las prácticas del parto respetado o dejaron claro que, en su opinión, cualquier cambio es inviable en Cuba.


Para muchos de ellos, su trabajo consiste en preservar la vida de la madre y del bebé. Cualquier otra consideración no solo ocupa un lugar secundario, si no que puede representar un obstáculo para su trabajo.


Algunos de estos profesionales consideran el parto respetuoso algo propio de países ricos, que pueden construir nuevos hospitales en los que las madres dispongan de calma y privacidad o bañeras para dar a luz en el agua.


De esta manera, tienden a pasar por alto que el parto respetado, en realidad, consiste en una gran variedad de prácticas, muchas de las cuáles sí es factible aplicar en Cuba.


Una de las doctoras entrevistadas en el Abel Santamaría, por ejemplo, argumentó que la nueva guía no puede aplicarse porque quienes la redactaron no tuvieron en cuenta la precariedad en la que trabajan.


“Esos cuartos separados que mencionan (en la guía) con un CTG (el equipo con el que se monitorea el feto) para cada paciente no existen”, dijo la médica.


Esta doctora cuestionó qué se estén impulsando cambios en los protocolos de atención al parto cuando enfrentan escasez de cosas tan básicas como guantes o suturas. La profesional mencionó que no pueden hacer todas las cesáreas que se requieren por falta de insumos. También que no disponen de la sutura específica para las episiotomías y se ven obligados a coser con un hilo genérico. Esto, según expuso, perjudica la cicatrización. “Hay que inventar con lo que hay”, concluyó la doctora.


“En este país se hacen muchas cosas para seguir al mundo, para aparentar que estamos a la par de los avances, pero todo es ficticio. Ponen cualquier cosa en un papel y no se concentran en las condiciones reales. Aquí jamás se podrá hacer eso que dice la guía si seguimos como vamos, y vamos de mal en peor”, opinó la ginecobstetra del Abel Santamaría, de Pinar del Río.


A los problemas que señala, y que en su opinión dificultan la implementación del parto respetado en el país, se añaden las condición laborales en las que trabajan, según el testimonio de otros profesionales consultados.

En su opinión, esperar a que la dilatación se dé de manera natural o permitir que la madre recién parida disponga de al menos 50 minutos para estar en contacto directo con su bebé (como establece la guía), son lujos que no pueden permitirse. Simplemente, no tienen ese tiempo porque necesitan atender el siguiente parto.

“Tenemos días que es un parto tras otro. No existe ni el espacio ni el número de especialistas necesarios”, comentó la ginecobstetra del González Coro.


Sin embargo, al abordar un tema como la posibilidad de que las embarazadas estén acompañadas mientras dan a luz, el personal entrevistado puso en evidencia que los obstáculos que enfrenta respetado en Cuba no solo tienen que ver con la carencia de recursos.


Cuando les preguntamos por qué no se permite a una mujer estar acompañada, algunos profesionales alegaron, de manera vaga, que no es posible porque los salones no tienen las condiciones requeridas.


Pero otros abiertamente admitieron que es más cómodo para ellos que las embarazadas estén solas.


“Las pacientes y sus familiares son muy indisciplinados y no siguen las orientaciones”, dijo una de las enfermeras entrevistadas del hospital González Coro.

“Las mujeres cuando van a parir se ponen muy malcriadas y si tienen acompañante no nos dejan trabajar”, sentenció un ginecobstetra del hospital Abel Santamaría de Pinar del Río.


Otro ciclo


Aunque la nueva guía y la creación del plan piloto son hasta ahora los esfuerzos más públicos realizados en el país por reducir la violencia obstétrica, no han sido los primeros.

Desde hace más de 15 años, está en vigor una normativa que incentiva a que los partos vaginales de bajo riesgo –que son la mayoría– sean atendidos principalmente por personal de enfermería especializado. Así lo prevé la Resolución Ministerial 396-2007.


La idea detrás de esta norma era tratar de desmedicalizar el parto; dar mayor protagonismo al personal de enfermería, cuya área de conocimiento son los cuidados y el bienestar, y limitar la intervención de los y las ginecobstetras a lo imprescindible.


Así se reduciría el efecto cascada que sucede en muchos partos, en los que la intervención médica conduce a situaciones que solo pueden resolverse, precisamente, con más intervención médica.


Esta normativa prometía grandes cambios, sin embargo, apenas se ha aplicado. Partos Rotos ha encuestado a cientos de embarazadas que han dado a luz en Cuba desde que entró en vigor esta norma en 2007 y todas fueron atendidas por médicos o médicas.


La supremacía del/a ginecobstetra en los salones de parto parece incuestionable; y la Resolución 396-2007 un viejo documento olvidado.


Ahora la historia se repite. Con la publicación de la nueva guía de atención al parto, se abrió un periodo de reforma en el sistema de salud como el que prometió la Resolución. Pero como sucedió con esta normativa, todo parece haber quedado en el papel.




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